viernes, 3 de febrero de 2012

El extraño que come en tu vajilla

Ayer 2 de febrero en el Parador de Zafra presentamos el libro de nuestro joven poeta Francisco José Najarro Lachazo. La intervención de PPK fue reveladora de las destrezas del poeta. Por ello os dejo con casi la totalidad de su presentación, que amablemente nos ha cedido:

El libro consta de 41 poemas, con títulos muy breves, la mayoría de una sola palabra. El verso, con un predominio casi absoluto del endecasílabo, cede el paso en contadas ocasiones al heptasílabo. El verso libre, tan en boga en la poesía actual, no aparece en todo el poemario. En palabras del autor: “Me asusta mi incapacidad para escribir en verso libre, me siento muy inseguro, necesito marcar unas normas previas”. Entre todos los poemas que componen el libro solo aparecen un soneto y una sextina. El resto son combinaciones de creación propia, desnudas de rima. El soneto es el poema estrófico por antonomasia de la poesía española. Cualquier poeta que se precie suele probar suerte con él. Lo de la sextina ya es más raro. Es una estrofa inventada por Arnaut Daniel, trovador provenzal del siglo XII, y que tiene una dificultad extrema por la agrupación fija de los versos y la repetición de las palabras-rima en todas las estrofas. Hasta ahora, nuestro poeta ha publicado una sextina en cada libro.

Encabezan el libro dos citas: una de Miguel Hernández y otra de Antonio Porchia; una sobre el amor y la otra de tono metafísico. Precisamente los dos temas más recurrentes del libro.

La poesía de Paco se puede calificar como cercana, cálida e incluso familiar. Las dedicatorias van para su abuelo y su novia. Tampoco debe ser casual que el libro se abra con el poema titulado Imagen y semejanza, dedicado a sus padres, y se cierre con Infinito, dedicado a Cristina. Es decir, el origen y el destino, el alfa y el omega.

Su poesía tiene un tono conversacional, se desarrolla en un medio urbano y trata temas cotidianos (como la incomunicación en el poema titulado “Político”), lo que ha hecho que algunos lo sitúen en ese magma que se ha dado en llamar “poesía de la experiencia”. Pero su poesía no se queda en la corteza, va más allá. Como decía Juan Ramón: “que por mí vayan los que no las conocen a las cosas”. Es decir, la poesía como medio de conocimiento; del yo y de lo que me rodea. Ese mismo conocimiento le lleva a ser consciente del dolor de vivir, como en “Poe(mi)ca”. Esa angustia también se trasluce en el último verso del único soneto del poemario, “Estatua doméstica”: “vivir es lo terrible de la muerte”, donde ese trueque entre vida y muerte le da un aire original frente al planteamiento clásico de este tema en que lo terrible de la vida es la muerte. En la misma línea, la sextina de que hablábamos antes, que es puro artificio, no se queda en lo superficial y recrea el tópico barroco del “tempus fugit”, en unos versos que hubiera firmado Quevedo: “Porque apagamos, al soplar, los años/ y no las velas, es la vida juego”. Este recurso, la hipálage (consistente en atribuir una cualidad de una palabra a otra, que no le corresponde, pero que está próxima), es muy del gusto de nuestro poeta; así habla de la “tumba muerta de mi abuela” o del “húmedo azul del dormitorio”. Incluso, en un esfuerzo por llegar más allá, nos entrega una hipálage sumada a una sinestesia (donde los sentidos se confunden), cuando habla de un “viejo de mirada verde”.

Ese lenguaje conversacional, cercano, aparece muy nítido en el poema “Lo que trae el cielo”, donde el interlocutor es un “vosotros”, que nos acerca al relato oral y no a la lectura individual: “Os juro que era un hombre, que la gente/ vino sólo para mirar a un hombre”.

Que hayamos hablado de un poeta urbano no le hace renegar de sus orígenes, como ya se ha dicho. En el poema “Tierra” (dedicado a su Extremadura natal) nos habla del círculo vital de unos agricultores apegados a su tierra, en una suerte de noria de la que no pueden o no quieren salir.

Las citas mitológicas, escasas, son referencias que potencian el poema; nunca un alarde culturalista. También usa nuestro autor lo que algunos llaman la palabra anti-poética, como decía nuestro común admirado Ángel González, “Aquí está permitido/ fijar carteles,/ tirar escombros, hacer aguas (…) Esto es un poema/ mantén sucia la estrofa, / escupe dentro”. Por eso, aparecen en el libro palabras como sanguijuela, arrebañar, váter, oso hormiguero, garrapatas, azafato... Por contra, aparece algún que otro neologismo de invención propia como “Es extraño el exilio de los árboles/ que avenidan sin rumbo la ciudad”. Las metáforas son sencillas, sin caer en lo simple, según definición del propio poeta. Así, en el poema “Senderismo”, los dedos de los pies de la amada son “pirenaicos”, en una bella imagen, que recuerda a los “dedos peninsulares” de que habla Neruda en un poema.

A diferencia de la Vespa amarilla, donde el amante sufre constantemente la ausencia de la amada y rara vez hay un canto gozoso al amor, en este poemario, el amor dichoso está más presente; además, se hace más carnal, más pasional. Incluso esto es así en un poema que pasaría por metafísico, es decir, poco o nada apegado a lo material como “Visita”, que nos recuerda al celéberrimo soneto quevediano de “Amor constante más allá de la muerte”, donde el poeta barroco desafiaba a las leyes naturales para seguir amando después de la muerte. Pues bien, Paco da una vuelta de tuerca más y los amantes llegan a amarse físicamente, carnalmente tras la muerte: “Haremos el amor después de muertos, desordenándonos el esqueleto”.

Como vivimos en tiempos descreídos y los verdaderos artistas proponen romper normas, saltarse clichés establecidos o re-crear lo que han heredado de la tradición, nuestro invitado también aporta un género, mezcla de otros ya existentes, que yo me atrevo a denominar “greguerrelato” o greguería-secuencia, que nacería de la mezcla del género ramoniano y el microrrelato, tan de moda en nuestros días. Leamos “El novio gordo”: Ella sólo podía comer caracoles. Era una extraña enfermedad. Cualquier otro alimento haría que su estómago se encogiese hasta desaparecer, como un truco final. Por eso era tan promiscua, porque besaba a todo aquel recién comido para probar otros sabores. Pero se enamoró y murió por un empacho. Al mismo género podrían adscribirse los poemas titulados “Cazafantasmas” o “Director”.

El humor recorre transversalmente el libro. Así, en “El negociador”, utilizando el lenguaje propio de los policías que negocian con los delincuentes en el cine americano, el sujeto lírico llega a un trato para después de una serie de condiciones impuestas, en un giro humorístico, lanzarse a una guerra de almohadas con la amada.

En la misma línea del microrrelato y el humor encontramos el poema titulado “Ecologista” que nos recuerda al mejor Monterroso: Tanto tiempo pasó dentro del agua, que el agua se lo bebió. Parecía un patito de goma con el que ni el niño más pobre del mundo querría jugar, por triste y desinflado.

El amor es una fuerza incontrolable, que lo puede trastocar todo; por ejemplo en “Inquilina” donde una especie de “polstergeis” revuelve toda la casa desde que ella vive allí: unas paredes que susurran, un váter que solloza o una bóveda que tose.

El libro, cuyo título sale de un verso del poema “Mudanza”, se abría con un poema dedicado a sus padres. Y se cierra con un poema muy breve titulado “Infinito”: “No puedo escribir una palabra más larga que esta: tú”. Donde, paradójicamente, todo cabe. Un monosílabo es capaz de abarcarlo todo, si ese monosílabo eres tú, dice el poeta.

Es, en definitiva, un poemario donde tienen cabida lo carnal y lo metafísico, el sentimiento y el pensamiento. Un libro que se nos presenta con esa sencilla claridad con que escribe su admirado Claudio Rodríguez (otro poeta precoz, como Paco). Un libro, al que para ser solamente el segundo del autor, no se le notan las costuras. Es decir, un libro que ya apunta a una voz personal, como él mismo dice: “Me preocupa quedarme estancado, no avanzar en la creación”. En ese camino hacia la obra suya, propia, personal se encuentra nuestro poeta.

lunes, 30 de enero de 2012

El extraño que come en tu vajilla

Año 2012: Seminario, Humanístico y Zafra. La pitia délfica de Davos se ha pronunciado en favor de la evolución del sistema hacia la vorágine del estado del bienestar para situarnos en un malestar generalizado. Entran ganas de decir qué malo me estoy poniendo.
Es un año de profundos cambios que obligan a adaptarnos al nuevo sistema imperante: recortes, sólo podremos traer dos autores por año. Hemos gozado de Pablo García Baena y nos queda el pintor Eduardo Naranjo, que estará con nosotros por el mes de abril. A Almudena no podemos traerla, ya nos gustaría, pero parece que todo se posiciona en contra.
Y ante este panorama llama a nuestra puerta un libro interesante de un paisano nuestro:
Francisco José Najarro Lanchazo. Ya tuvimos la ocasión de leer la Vespa Amarilla y ahora nos trae un segundo libro de poemas: El extraño que come en tu vajilla.
El jueves dos de febrero a las 8,30 en la Capilla del Parador de Zafra presentaremos su nuevo libro de poemas. José Carlos Martínez Yuste estará al lado de nuestro poeta.
Su poesía en línea con la poesía de la experiencia nos habla de su mundo que el poeta intenta descubrir a través de la poesía. Os dejo con uno de los poemas que dan título al libro:
Mudanza
En la vajilla pone made in China
pero en el tintineo de los platos
yo escucho Barcelona
como se crea el mar
cuando tú lo pronuncias y las olas
bañan al ermitaño de mi oreja.
Pero no arrastras una ciudad, traes
los brindis peligrosos de otros tiempos,
porque no son las copas de cristal
lo más frágil del choque,
sino el cristal de las promesas hechas,
la sangre en las líneas de la mano.
Soy el extraño que come en tu vajilla,
el náufrago que muerde a la ballena
después de ser comido,
al que sirves los huesos de aceituna
descarnados que forman tu memoria.
Te has mudado a mi casa, sé mi casa.

viernes, 28 de octubre de 2011

NONAGENARIAS LUCIDEZ Y BELLEZA

Llovía ayer en Zafra y el otoño como pálido extranjero vino a despojarnos del amado junio.Nos dejó sólo tu amor y el agua, D. Pablo.
Paseamos una mañana en la que Góngora resonaba por nuestras calles y encontramos a Pedro de Valencia mientras apoyábamos nuestros pies en el empedrado de nuestras plazas Chica y Grande: "D. Luis le envió a Pedro de Valencia la Soledad primera y el Polifemo para pedirle su opinión, y D. Luis eliminó aquellas partes que Pedro le había censurado."
Cuando de repente el sagrado templo de la Candelaria abre sus puertas para aliviar los cuerpos mojados del otoño y aparece como luz espiritual el retablo, iluminado por una moneda, de Alonso de Salas, obra de Zurbarán. Lúcido nonagenario iba comentando: Casulla de San Ildefonso, Arcángel San Miguel, San Juan, la Sagrada Familia.
José Carlos Martínez Yuste presenta al autor a los alumnos del Suárez de Figueroa y del IES Doctor Fernández Santana. En el cuadernillo "un soneto de ocasión" para presentar al autor. García Baena lee algunos poemas de amor que fueron aplaudidos por el público sobre todo el titulado "sólo tu amor y el agua" y deja comentarios que captan la atención de un público tan joven. Es premio Príncipe de Asturias de las letras de 1984.
Por la tarde en el parador José Carlos Martínez Yuste hace una presentación a la medida del autor, desgranando cada uno de los aspectos más destacados de su obra y de los recursos formales que utiliza. Y destaca que la rebeldía del grupo estaba en no hacer lo que hacían los demás.
Nos deja D. Pablo leídos unos poemas inéditos y destaco en especial el dedicado a Julio Aumente, pues su lectura sosegada y emocionada del poema fue de especial sensibilidad.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Recital de poesía: Pablo García Baena

El jueves 27 de octubre en el Parador de Zafra a las 8:30 de la tarde, Pablo García Baena nos recitará sus poemas. Señalo la dirección de dos vídeos para conocerlo mejor.
Y el poema "Viernes Santo" del libro Antes que el tiempo acabe de 1978.

lunes, 24 de octubre de 2011

Pablo García Baena: 1957 JUNIO; 1958 ÓLEO

Supone un cambio con lo anterior, o mejor una evolución, es un himno al amor realizado y pleno. El poema final insiste en : tu carne...esa es mi plegaria. Este" expresa la insatisfacción y el desengaño ante un amor que no colma; este corrige al anterior mensaje de erotismo y vitalidad, queriendo dar fe de la limitación de toda relación interhumana que no trascienda del goce físico".
Aquí os dejo el enlace al poema Narciso:
En 1958 publica Óleo, en palabras de Luis Antonio de Villena: "Arrepentimiento, melancolía y un tono mucho menos encendido". a Guillermo Carnero le suscita el siguiente comentario: "La novedad de óleo (cuyo título alude a los llamados Santos Óleos que se administran a los agonizantes) es la aparición de una religiosidad sombría y ortopédica, y de un arrepentimiento que me parece sólo una figura de la insatisfacción amorosa..."
Os dejo el enlace para Ceniza y días de la ira, dos de sus poemas:
Os recuerdo que el jueves 27 de octubre a las 8: 30 en el Parador de Zafra tenemos una cita.

sábado, 22 de octubre de 2011

Pablo García Baena: Antiguo Muchacho, 1950

En 1950 publica Antiguo Muchacho. Según Luis Antonio de Villena es su mejor libro. Y es la evocación nostálgica de la infancia y la juventud. Voy a copiar las palabras con las que describe este libro Guillermo Carnero:
El poema Alma feliz plantea la añoranza de la niñez desde la edad adulta: el "joven ahogado, coronado de algas" representa al adolescente que ha perdido la pureza y la virginidad de los sentidos y ya no percibe el mundo con la dolorosa acuidad de antaño. Esta añoranza se traslada a un plano irreal, la evocación del mundo fantástico del niño. El ingreso en la realidad, o la adquisición de la capacidad de distinguirla de la ficción, conllevan una pérdida de sensibilidad a la belleza.
Traemos aquí el poema titulado Bajo la dulce lámpara. Así lo describe Luis Antonio de Villena:
Una evocación del adolescente provinciano que, sentado ante una mesa una tarde otoñal, recorre el atlas y deja rienda suelta a su fantasía ardiente entre la geografía que el dedo señala y lo que la historia y al seducción de los nombres concreta. Este recorrido acaba con el desencanto, desde lo hondo, del muchacho que sabe que todo eso le estará negado por la realidad, por los otros.

Bajo la dulce lámpara,
el dedo sobre el atlas entretenía al muchacho en ilusorios viajes
y un turbador perfume de aventuras
salpicaba de sangre el mar antiguo de los corsarios.
Los galeones, como flotantes cofres de tesoros,
eran abordados por las naos piratas
y el yatagán, las dagas, los alfanjes se hundían
en los cuerpos cobrizos y las manos violentas
arrancaban la oreja donde el zafiro lucía como Vega en la noche.
Las arcas destrozadas de alcanfor y palosanto
volcaban el carey, las telas suntuarias
y el coral, no tan ardiente como el beso del bucanero
en los pálidos labios de las virreinas.
Las antiguas colonias Veracruz, Puerto Príncipe,
el índigo Caribe y las islas del Viento
conocen las hazañas de bajeles fantasmas
y Maracaibo canta con los esclavos su desgana
a la luz que deshace la cabellera ébano de los banjos
en un río de jengibre.
Otras veces al soplo suave de Favonio,
empujado por Tetis y las verdes Nereidas,
el Mediterráneo dorado por la escama de los delfines
dejaba su plegaria fugitiva de algas
en las votivas gradas de los templos.
Allí Venecia en el otoño adriático
mece en la ola púrpura su cesto de corrompidos frutos,
desfalleciente en el abrazo joven de los gondoleros,
y las jónicas islas
se yerguen como mitras de mármol sobre las aguas.
En su lento carro de bueyes rojos avanza Egipto
y Alejandría, Esmirna, Ptolemaida, brillan en la noche
como un velo bordado de sardios
cuyos pliegues sujeta la diadema de Estambul
allá en el Bósforo fosforescente.
El incansable dedo atravesaba Arabia
y el cálamo aromático ceñía con un mismo turbante de cansancio
las cinturas de los amantes.
Al crepúsculo,
surgía Persia como un lento girasol de fastuosidades,
y el bárbaro etíope, negro fénix llameante,
consumía sus entrañas en el furor celoso de la caza
mientras Ceylán los bosques de canela y caoba
silenciaba con el ala de sus pájaros misteriosos.
Muchacho infatigable, bajo la dulce lámpara,
tal vez buscaba una secreta dicha
apenas confesada en su interior.
Cuando los días pasaron, él ya supo
que su destino era esperar en la puerta mientras otros pasaban.
Esperar con un brillo de sonrisa en los labios
y la apagada lámpara en la mano.
Este otro poema titulado El pálido extranjero: la amenaza del otoño cuando aún arde el fuego vital del estío. El otoño es el extranjero rubio que llega a un pueblo y su presencia va a suponer el final de su infancia.
Si aún el corazón golpea en mi costado
y hay labios esperándome
¿por qué, otoño, levantas el sombrío cadalso de tus bosques?
¿Por qué en la roja poma escondes insidioso el rubí de las úlceras?
Aguarda aún, aguarda,
que el estío me ciñe en su lecho de fiebre
y un viento impetuoso
aviva el lampadario voraz, donde la llama
quema la sed viva del cuerpo,
y el párpado, y el músculo, y las venas crepitan
sin consumir jamás su danza triste y muda.
Con el oído en tierra,
sobre la tierra yerma que ansía el fértil zumo de tu abrazo,
espío tus pisadas en la noche,
oh pálido extranjero caminante,
oh poderoso peregrino de sienes corroídas por los líquenes.
El atabal lejano resuena con tus pasos
y las ménades turbias conducen tu caballo de lluvia silenciosa
que hace huir al amor como emigrante pájaro
y convierte los tálamos en funerarias piras.
Tu religioso cortejo, otoño pío de vendimias,
despliega el cortinaje perla, violeta y llanto
que a los mortales ojos ensombrece
el solemne festín de atardeceres.
Las nubes, como encarnadas bandejas de opulencia
vuelcan la carne madura de los frutos,
que se abre en gusanos como vivientes joyas enfermas
sobre bocas granates de deseo
y el vino y la miel gotean su dulzura
en el áureo cuerno del cazador sorprendido
ante el huyente ciervo que incendia desolado con sus astas ardiendo
los ramajes purpúreos.
Cubre la muerte tu máscara de oro,
y tus manos de oro
arrancan a los tubos sagrados de la selva,
como a gigante órgano, su pura melancolía solitaria.
Los nómadas fantasmas de mujeres,
con los cabellos híspidos en rizos de serpientes,
sonámbulas de luna, pasan ciegas envueltas en su vaho de lágrimas
ofreciendo gargantas que invitan al martirio,
y su grito acompaña tu aparición, cual la del Lázaro,
cadáver suntuoso de gemas entre vendas,
collares que sostienen la podre con el palor violáceo de sus ópalos.
Escucho tu cercano cortejo,
y el estío que deja sus verdes juncos finos perfumando mis manos
me entrega un don amargo y acre de inquietud.
Palpitan los relojes con tu hora, y tus veloces pajes,
ah, fríos y crueles, prenden sus aceites aromáticos
y árboles de humo se levantan al cielo
cual candeleros respirantes en la pesada atmósfera de una cámara ardiente
La nocturna criatura solitaria,
bajo límpidas sábanas despierta acongojada
al rumor de los días altos que se acercan como monjes de moradas cogullas
que acompañan, con el florido tallo de sus voces,
por claustros de sangrientos vitrales
y entre tapicerías vivas donde sen enlazan cuerpos como guirnaldas de frutas codiciadas,
al otoño, que bajo la grana espléndida de sus racimos
porta en brillante píxide
el último suspiro adolescente.

Pablo García Baena: 1946-48

El jueves 27 de octubre de 2011 Pablo García Baena nos recitará sus poemas
en el parador de Zafra. Hasta ese día iremos publicando algunas cosas suyas en orden cronológico. De su primer libro Rumor oculto destacamos un poema titulado Tentación en el aire, publicado en 1946. Lo que asombra son los ecos que encontramos de la poesía española anterior (Garcilaso, San Juan, Fray Luis y Góngora) , matizada por la cercana poesía de la generación del 27 , Juan Ramón y Aleixandre. Según Luis Antonio de Villena el libro tiene un tono adolescente y romántico y habla desde el ardor de la adolescencia. Según Guillermo Carnero lo más valioso de este primer libro son alguno poemas de tono intimista y casi confesional. Siempre la voz pagana y sensual latiendo al fondo, el afán por lo bello, esbozo de una poesía de la experiencia retorizada.
Tentación en el aire es una celebración (con un tinte de culpa) de la entrega del poeta al mundo, a sus capitales pecados, a la exaltación pagana de la carne, de la belleza y del instante, simbolizados en un ángel que es también demonio.
Sabía que vendrías a hablarme
y no te huía,
demonio, ángel mío, tentación en el aire.
Sabía que tus ojos ahogarían mis ojos
cansados ya de largos horizontes de hastío
y de copiar tranquilos paisajes de remanso.
Antes de verte, lejos, te adiviné en mi alma,
como algún fauno joven que con su flauta báquica
avivara en mi carne
un fuego leve, quieto,
amenazado casi de apagarse algún día,
rodeado de hielos, engaños de mí mismo.
Al escuchar mi oído la brisa de tus voces,
ángel mío, demonio, tentación en el aire,
aquel día que el cielo brillaba y era agosto
sentí en mi alma un roce de blandas plumas blancas
como si frescas alas me nacieran de pronto,
y mi ser se llenara de pájaros cantores.
En silencio, callado, yo te entregué mi alma,
aquella que había sido espada victoriosa,
que había decapitado todas las tentaciones
a ti, mi ángel malo, te la entregué sin lucha,
y tú con tu sonrisa, ¡oh tu risa que hiere!,
arrancaste de mí los altivos laureles
y casi sin mirarlos, despreciaste a aquel
que alargando la mano te los daba vencidos.
Por seguir tus caminos
dejé en un lado a Cristo,
tentación en el aire, ángel mío, demonio;
deserté de las blancas banderas del ensueño
para seguir, descalzo, tus huellas que manchaban.
Abandoné los quietos pensativos cipreses
levantados al cielo, místicos del paisaje,
para pisar el polvo y las ruines hierbas
que ocultan con sus verdes el agua cenagosa.
Robaste de mi cielo las piadosas estrellas,
aquellas que eran tenue revuelo de cristales
caído del regazo virginal de la tarde,
y sólo me dejaste a la impúdica Venus,
brillante de lujuria, y al ciego Amor,
el falso, el inconstante, el loco,
el que adorna su frente, no con la eterna yedra
sino con la guirnalda de los mirtos lascivos
y las rosas de un día;
aquél que con sus risas ha trastornado el mundo
sin ver nunca si el dardo que alegremente arroja
hiere sólo la carne o llega al hondo espíritu
hasta hundirlo en la muerte o en la locura acaso.
Quisiera ser la rota columna decadente,
aquel ángel mancebo perfecto entre sus bucles,
o mejor, el Apolo que ayer recibió culto
y que hoy sepultado bajo la tierra espera
el día de volver a las nubes olímpicas,
mientras que las raíces se enroscan a su cuerpo
- a la gracia del niño tan sólo comparable
y a las sencillas flores de los valles idílicos_
como viejas y oscuras serpientes milenarias.
Todo lo que a tu alma, tentación en el aire,
demonio, ángel mío, arranca de su frío
quisiera ser, y humilde ofrecértelo todo,
para que ya pasado un momento de fuego
me despreciara más tu cruda indiferencia;
pero en tí hay algo que es mío y no lo sabes,
algo que entró en mí a pesar de ti mismo,
y es esa indiferencia que te hiela los labios
a la que yo amo más que a la amable sonrisa
que no pasa del rostro.
¿Qué sabes tú de esto, ángel mío,
demonio, tentación en el aire? Del helado placer
de sentir el desprecio, y del llorar alegre,
¿Qué sabes tú, qué sabes?
Aunque me hayas quitado a Cristo, el que perdona,
el comprensivo, el dulce, el manso jesucristo,
un día volveré al alba, ya cansado,
con mis descalzos pies sangrantes de la senda
y lloraré las lágrimas, las que tú no ves nunca,
hasta borrar el último recuerdo del pecado.
El segundo libro es de 1948, Mientras cantan los pájaros, según Luis Antonio de Villena, en él se afianza un estilo lujoso y la propensión al versículo, al mismo tiempo que surge una poesía sensual de temática sensualista; Traemos aquí el poema titulado Llanto de la hija de Jefté. Cuenta el Libro de los Jueces que Jefté prometió sacrificarle lo primero que viera al volver, si vencía contra los hijos de Ammón y lo primero que vio fue a su única hija. La hija aceptó el sacrificio, pero pidió a su padre que la dejase ir antes dos meses por los montes llorando su virginidad. El poeta escoge la figura de la virgen sacrificada en nombre de las convenciones sociales para aludir a la imposibilidad de realización del hombre en una colectividad que desconoce y condena las exigencias y las alegrías del cuerpo, reprimiéndolas mediante el empleo de la fuerza y de la coacción moral.
LLANTO DE LA HIJA DE JEPHTÉ
A Vicente Aleixandre
Dadme una túnica de lino empapada en el agua más fría de los
hontanares,
empapada a la sombra de los cedros,
allí donde el agua es clara y sin fondo como el ojo de una virgen
enamorada,
allí donde se bañan los pastores sin encontrar jamás arena bajo sus pies,
donde se bañan cuando la siesta acaricia con sus labios resecos,
en besos sofocantes, la piel desnuda
y los músculos tienen el latido de un pájaro expirante,
y hasta el fruto dulce de las zarzamoras es un ascua en la boca.
Dadme una túnica de lino que calme mis hogueras,
una túnica tejida con la nieve de la montaña,
no estas ropas pesadas de bordados,
no estas telas de oro que ahogan como el incienso quemado
en los braserillos de una estancia pequeña,
donde las celosías son velos espesos que no mueve la brisa.
Dadme una túnica que sea en mis caderas
como agua de lluvia en un huerto sin riegos.
Dadme sólo una túnica...
Porque mi padre hizo un voto al Señor y yo he de cumplir su palabra.
Y mi vida será ya como un río entre muros
que tiene marcada la ruta y nada le puede hacer que varíe su cauce.
Un río de crueles espejos helados
que sólo reflejará el amarillo egoísmo de la piedra que lo aprisiona,
sin que su agua gotee en el belfo de los bueyes
que bajan sedientos desde el monte a beber,
ni en sus ondas se clave la perfumada lanza de los juncos
que hiere con el acero impreciso de su aroma.
Un río donde se tienden las redes ambiciosamente para sacar la pesca
y sólo el agua escapa por las cuerdas entretejidas,
las redes que volverán al fondo de la barca avergonzadas como un vientre
estéril.
Mirad ese carro en la noche que detiene sus ruedas en el camino.
Así es mi vida.
En el fango se han hundido las ruedas
y yo oigo la blasfemia del látigo,
el tardo resoplar sudoroso de las mulos,
el esfuerzo que hincha los torsos desnudos de los hombres,
y la rueda resbala sin avanzar,
resbala sin avanzar...
Y hay una voz que dice: Esperamos al alba.
Y los cuerpos caen rendidos sobre lo hierba oscura,
sueñan sobre lo hierba oscura que se mece en silencio.
Y con el día vuelve el anhelante jadeo de las respiraciones
y las enjalmas crujen
y la rueda no avanza
y el mercader grita por su carro perdido
cuando las mulas huyen enloquecidas por los golpes y el tábano,
mientras los ladrones descienden de lo alto como una lluvia negra,
como esos pájaros negros
que amparan con sus alas abiertos el aire de los muladares.
¡Oh doncellas, llorad conmigo por los montes!
Que la tarde se alce envuelta en el crespón suplicante de los flautas.
Sólo las flautas eleven nuestro llanto
en la columna humeante de su armonía
y lo desgranen en un surtidor de sufrimientos
sobre el estanque solitario de la luna
y tú, alma mía, cuéntate una vez más lo sucedido aquella noche
ahora que las palomos se paran sobre mis hombros desnudos,
sobre mis brazos desnudos y picotean en la manzana virgen de mi pecho
que yo resguardo con la inocencia cruzada de mis brazos,
igual que la campesina cubre con un lienzo la bandeja donde incitan
granadas y membrillos.
Cuéntate una vez más lo sucedido aquella noche,
aquello noche que se abrazaba como un escarabajo brillante al
estiércol de la tierra.
Inmóvil en mi sueño de blancura
desde la galería contemplaba aquel valle dormido
como un lago de quietos oleajes.
Yo era también de luna, casi mármol
mi cuerpo era una brasa que se apaga entre las manos del relente.
La casa susurraba su silencio de remotos ruidos familiares,
una puerta entreabría su misterio ante la voz del aire,
en la madera noble de los muebles aún gemía la ilusión oculta de
sostener nidos
y las pomas maduras
caían cuajando su eco sobre la tierra del jardín.
Era la noche un rezo soñoliento que me arrullaba igual desde mi
infancia.
El umbral de mi puerta se poblaba de ensueños como todas las noches.
Como todas las noches
se consumía sola la subterránea lámpara de mi inquietud.
Yo no sé de qué mundos
surgió aquel sollozo acorde con la noche,
aquel canto lejano que tenía preparada desde siglos su respuesta en
mi ser.
Yo no sé qué pasión, candente como un hierro sobre el yunque,
o qué tristeza mansa como cándida ola que recogiera un niño entre
las manos
elevaba su chorro en aquella garganta.
Qué demonio suave, o qué arcángel flamígero
obligaba implacable con espadas de dicha,
obligaba tirano aquel canto que hacía de mí una criatura estremecida,
un arpa tensa ansiosa de vibrar entre los dedos solemnes de la noche.
Y la voz se alejaba...
Se perdía la voz entre las zarzarrosas...
Desfallecía la voz como un alhelí cárdeno en la tarde de estío
y en mi pecho sentía aquel canto como algo próximo y terrenal,
no un anuncio deslumbrante del Señor en su bermeja aurora,
no un sueño mensajero de la gloria de mi familia.
Aquel canto incendiaba mi piel como un sol descendido hasta mis
manos,
como un sol de serpientes que enredara sus llamas en mi cuerpo,
sus llamas verdes, lívidas, que hacían palpitar mis entrañas
con el deliquio de las flores bajo el soplo del polen.
Era la voz de la tierra, dura como un pan amasado de varios días
y fresca también como un gajo de vid entre los labios, pálidos por la
fiebre, de un enfermo.
Era la voz enronquecida por una primavera caliente
que hincha de sangre la garganta de los muchachos.
La voz de algún guerrero de mi padre,
o de un pastor que recogiera su rebaño al son de su haz de flautillas.
Se alejaba la voz...
El canto se perdía entre las zarzarrosas,
desfallecía como lirios en un vaso sin agua.
Se alejaba la voz,
se perdía en la noche la voz,
se alejaba...
¡Oh doncellas, llorad conmigo mi virginidad por los montes!
Cubrid vuestros cuerpos con los más rudos paños,
vuestros pies de la más basta sandalia,
para que yo no recuerde en vuestras groseras cinturas la cintura viva
de los jóvenes,
en vuestro torpe andar sus gráciles pasos en el baile.
Venid, vaguemos por el monte.
Lloraremos bajo los abanicos perfumados de las palmas.
Armaremos nuestras tiendas para descansar
junto al arroyo que corre entre los granados.
Nuestras tiendas ornadas con el estandarte soberbio de la aflicción
donde ninguna mano amiga llegará para posarse en la aldaba de la
puerta
ni dejará colgada una guirnalda de jazmines con rocío.
Venid.
Venid, que quiero olvidar la magnolia selvática de mi cuerpo
apenas entreabierta en la mañana.
Quiero liberarme de la sofocante red de los deseos.
Apagar toda lumbre, como el centinela apaga en el arroyo su
antorcha escarlata,
cuando la aurora despliega el livor de su clámide entre los árboles
más lejanos.
Quiero desvanecerme en una lágrima,
desaparecer en la noche con mis manos abiertas en el viento
y el clamor angustioso de mi cabello golpeando en la espalda.
Disolverme en el mosto dorado de los crepúsculos
que embriaga los campos al compás de la música fácil de los insectos.
Desfallecer sobre la tierra tímida y ansiosa de primavera
como la mujer bajo el cuerpo del hombre deseado.
Adormecerme en la muerte,
cansada de tantas amapolas intactas,
de tantas espigas prohibidas a la furia de mi hoz.
¡Oh doncellas, llorad conmigo por los montes!
Conducid mi juventud pálida hasta que se abrace a la columna
estriada de la muerte.
Llevadme, como la ternera que baja en el carro
desde la montaña hasta el lugar del sacrificio,
tendida en el carro sobre la fresca hierba
y atada con fuertes ligaduras que en vano se esfuerza en romper,
mientras el boyero indiferente eleva su canción entre los gritos de las
pitas por el camino.
Guiadme en mi ceguera hasta la muerte
antes que el día escape como un pájaro ígneo.
Guiadme, que presiento su augusto poderío rozando por mi carne.
Soltad mi cabellera de sus cintas.
Desceñid mis sandalias.
Rasgad mis vestiduras que quiero ir a sus brazos desnuda como un
templo
al son de los adufes.
¡Oh virgen que sonríes entre los duros pliegues de tu manto,
amante del silencio y la quietud,
dame tu calma!